El tropezón provocado por la consciencia solitaria es el canto inocente de la ilusión.
La mujer crece dentro del árbol, la mujer que crea, siente y revierte.
Un constante impulso, dubitativo, pero constante, se cuela por los poros de la mujer; la mujer duda, sujeta su café, observa el hueco que se forma entre la mediana espuma y su punzante distracción,
En silencio la sed.
La mujer convive con la sed, comienza a comprenderla, a quererla en su incontinencia, en su desmedida sequedad del amor propio, crea espacios para combatirla- a la sed-, lucha con armas carnales/banales/en vano, la sed gana cada vez la batalla, la mujer cae derrocada, rompe en añicos fofos sus pensamientos, completa de saliva aquel remordimiento, y llora, porque no comprende por qué aún no es tiempo,recae porque cree que lo que cree es que no está creyendo.
La mujer ha conversado consigo, acaricia su mentón, revive sus ojeras, busca en la humedad un recoveco, se acurruca en el azul desierto, se abraza en soledad, se olvida en compañía, la mujer a criticado sus piernas. Muertas para ella.
Un soplido se disuelve en el frío, un hálito que borbota se aferra al recuerdo que la estimula a caminar, la mujer desnuda de duda, ésta vez conforme/firme, pero fugaz.
La sed la agota de ropas, de piel, la gota que chorrea por la mejilla se suicida dejando liviano su peso, pesada ella por dentro, cae, muere lento en la lengua filosa, la sed la pone ansiosa, pero descifra la imagen primera, imagen materna: comprende que es ella quien amamanta la duda.
La sed es sed en un ser.
Una cama vacía que es empujada por el recuerdo, enseña a despedir el llanto ajeno, una cama deshabitada es desvelo, es velar/nada, es el duelo/el ataúd mordiente de mi café favorito.
La mujer a filtrado su serenidad, a desmentido la cicatriz que palpita en su inconsciente, la mujer se aleja para contemplar la sed.
La mujer sedienta que siente y desmiente curiosea y rasguña, es astilla quebrantándose, es calor sin menciones, es reconocida por sus flaquezas como el bilis repentino, la misma mujer/quisquillosa mujer no juzga por su álter ego al obligado ignorante, mas, sin embargo, acaricia, besa con sus manos los labios sombríos, empapa sus ojos con la hostilidad del otro. La mujer sedienta rompe con los estigmas que tenían su jauría presa, la mujer aúlla, conquista/ observa.
Un constante impulso, dubitativo, pero constante, se cuela por los poros de la mujer; la mujer duda, sujeta su café, observa el hueco que se forma entre la mediana espuma y su punzante distracción,
En silencio la sed.
La mujer convive con la sed, comienza a comprenderla, a quererla en su incontinencia, en su desmedida sequedad del amor propio, crea espacios para combatirla- a la sed-, lucha con armas carnales/banales/en vano, la sed gana cada vez la batalla, la mujer cae derrocada, rompe en añicos fofos sus pensamientos, completa de saliva aquel remordimiento, y llora, porque no comprende por qué aún no es tiempo,recae porque cree que lo que cree es que no está creyendo.
La mujer ha conversado consigo, acaricia su mentón, revive sus ojeras, busca en la humedad un recoveco, se acurruca en el azul desierto, se abraza en soledad, se olvida en compañía, la mujer a criticado sus piernas. Muertas para ella.
Un soplido se disuelve en el frío, un hálito que borbota se aferra al recuerdo que la estimula a caminar, la mujer desnuda de duda, ésta vez conforme/firme, pero fugaz.
La sed la agota de ropas, de piel, la gota que chorrea por la mejilla se suicida dejando liviano su peso, pesada ella por dentro, cae, muere lento en la lengua filosa, la sed la pone ansiosa, pero descifra la imagen primera, imagen materna: comprende que es ella quien amamanta la duda.
La sed es sed en un ser.
Una cama vacía que es empujada por el recuerdo, enseña a despedir el llanto ajeno, una cama deshabitada es desvelo, es velar/nada, es el duelo/el ataúd mordiente de mi café favorito.
La mujer a filtrado su serenidad, a desmentido la cicatriz que palpita en su inconsciente, la mujer se aleja para contemplar la sed.
La mujer sedienta que siente y desmiente curiosea y rasguña, es astilla quebrantándose, es calor sin menciones, es reconocida por sus flaquezas como el bilis repentino, la misma mujer/quisquillosa mujer no juzga por su álter ego al obligado ignorante, mas, sin embargo, acaricia, besa con sus manos los labios sombríos, empapa sus ojos con la hostilidad del otro. La mujer sedienta rompe con los estigmas que tenían su jauría presa, la mujer aúlla, conquista/ observa.

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