Muestra de orina en la mochila y los miedos.
Aquello era un confinamiento, de los que estaban prohibidos (por eso de las escusas bacteriales que te chamuscan la mente y con suerte te matan), yo tenía casi treinta años y lo único que deseaba era que el estallido llegara justo a tiempo o que alguno de todos los idiotas que estábamos en aquella caja se le ocurriera incurrir en la torpeza de llevarse puesta la mochila, o yo misma engancharme con alguna de las mochilas de los demás o las molestas carteras, que parece que toman popularidad en los días de lluvia, y así estallar en una nube dulce o amarga ¿qué gusto tendrá mi orina? - no lo sé y me río- porque mi espalda está tibia, enfrascada y revuelta, comienzo que creer que estos muestrarios vienen con la tapa rosca fallada, o que quizás la dejé mal cerrada -ahora dudo- tal vez la nube que tenía en mi cerebro, que bien supo funcionar de anticipo al cosmos, de paralelismo y blah blah blah; a pesar de los pesares, no logré aplicar la artillería y aquel boicot soñado se fundió tiernamente en mis vísceras.

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