Cuando viajo en ómnibus, nunca viajo.

Seis mujeres bautizadas bajo el mismo boleto, entregarse a la trayectoria impuesta por la locomoción de ésta vida, aunque triste a veces y otras sucia, da igual su estado todas dispuestas a usarlo,  a groso modo, descaradamente algunas, yo: sin vergüenzas.
El único hombre nos maneja, no por hombre, mas, sin embargo, lleva ése título impreso en sus guantes, guantes a los que las mujeres que habitan ésta necesidad confían su vida, y cierran sus ojos o se dejan tragar por las pantallas, o por la ventana que no ofrece mas que unas migajas de lo que alguna vez fue libre/ mecerse/ y uno no piensa en nada, mas, se cuestiona, disimula y se cuestiona, y me encuentro en el reflejo, de golpe, pero de reojo.
Ahora ocho mujeres, tarareando la canción, escupiendo el amor sobre sus bufandas, derramando cristalino vapor por sus miradas casi ciegas, asientos vacíos y mi espera que aún no llega, la tos de algún inexperto sube por la puerta delantera, sin descifrar la despedida mi izquierda se levanta / lleva un bolso cargado de pesares, de resacas del esfuerzo agobiantes que tuvo que, a prepo, abandonar para poder dormir feliz.




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